“Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse.”
Francois de la Rochefoucauld
Francois de la Rochefoucauld
El mismísimo 9/11, día de las torres gemelas, tuve un accidente del que aún no me recupero del todo: caí sobre una mesa de cristal y me astillé la mano derecha hasta atravesármela con todo el despostadero de vidrios. Convalecí durante meses hasta recuperar el movimiento gracias a terapias de ultrasonido y calor profundo todos los días. Había quedado deforme, con el brazo encogido y los dedos engarrotados. A cada mínimo movimiento correspondía una ráfaga de inclementes punzadas que me sabían a corto circuito y descargas eléctricas en cascadas. Yo que siempre he sido de fácil alarido aprendí a soportar sin ruido y ningún quejido el suplicio de mi brazo, precisé de cabestrillo para facilitar su marasmo y, como mujer embarazada, tuve que empezar a considerar mi nueva condición en cada movimiento para no hacerme daño. Visité traumatólogos, fisioterapeutas y hasta un cirujano plástico. El diagnóstico siempre fue el mismo: me había desgarrado el 80% del nervio medio y tenía dos alternativas, 1. Operarme sin ninguna garantía, ó 2. Tomar terapia de rehabilitación todos los días durante unos 5 ó 6 meses hasta recuperar la mayor parte del nervio dañado. El nervio medio coordina, controla y dirige todos los movimientos y sensaciones de temperatura y contacto de los tres principales dedos de la mano: medio, índice y pulgar. Cualquier daño afecta desde el hombro hasta las huellas digitales. Cuando escucho a alguien decir que tiene los nervios encrispados sospecho que no sabe lo que dice.
Hace dos semanas estuve en Hermosillo dando un curso y llegué a la casa mi hermana Aléteya para ahorrar gastos y principalmente, para convivir con ella un par de días y disfrutar a sus hijos en el pulso de sus rutinas que incluyen clases de natación, gimnasia olímpica y tareas escolares, amén de alguna película con palomitas al caer la noche, o compartir con ellos alguna historia familiar como su madre los tiene acostumbrados desde muy chiquitos para que ellos sepan bien a bien quien es quien de sus precesores. “Tío, tío, cuéntanos de cuando a mi tita (Liétay, mi otra hermana) la revolcó una ola en Mazatlán”... tío, tío, es cierto que cuando estabas chiquito mi mamá te cambiaba y mi tita de amarraba los zapatos?. Siempre en medio de brincos y escandalosos entusiasmos.
No sé si fue Santa Claus o los reyes magos quien se haya encargado de llevar al REX a esa casa, el caso es que desde su llegada, el perro ha sido la fascinación y alegría de mis sobrinos. Han aprendido la responsabilidad que implica tener una mascota y desarrollado sus lazos repartiéndose las tareas de bañarlo, limpiar su espacio o alimentarlo. Entre los tres lo cuidan y a veces hasta lo ignoran según sus ánimos.
El día que terminé de dar el curso me desocupe por ahí de las 4 de la tarde, le pedí raite a uno de los participantes que terminó dejándome en el negocio de mi hermana. Ella me pidió de favor que llevara a los niños a sus clases de natación, yo accedí con gusto y entonces, me entregó las llaves y dio instrucciones generales de llevarles lonches, jugos, etc para después de clases y como llegar a donde iba. Entre tantas indicaciones olvidó decirme que tuviera cuidado al abrir el portón para que el REX no se saliera en busca de aventura y yo olvidé por completo su existencia e ignoraba que tuviera un temperamento tan fugitivo. Como es de esperarse, mal se abrió la cortina y el REX salió al vuelo y detrás de él, como vagones, mis tres sobrinos con todo y niñera de cola. Al perro le debió de parecer un juego y en su sana diversión se dirigió hasta el Boulevard Morelos, amplió y de alta velocidad. Lo que alcanzaron a ver los niños no tiene nombre, el perro fue de lleno golpeado y con impacto como bola de billar lanzado, varios metros voló y como gato parado cayó para regresar al instante a agazaparse en su rincón. A regañadientes me llevé a los niños que querían quedarse a consolarlo y en la noche que llegamos con todo y mi hermana le contamos lo sucedido.
Ahí estaba el pobre REX, tembloroso todavía por el susto y el efecto de la adrenalina, buscando apapacho y consuelo. Lo subí a mi recamara y mientras boca abajo mi lectura disfrutaba, la cabeza le sobaba; en esas estábamos mimado y mimador cuando entró Diego, el más chico de mis sobrinos, y quiso abrazarlo, al hacerlo y por accidente, tocó una parte sensible del perro y este lo mordió en su mano... NO SUPE QUE HACER!!!... tenía seis profundas perforaciones en su mano derecha y lloraba como un cerdo en sacrificio, a gritos le llamé a su madre y con absoluto dominio atendió el caso como era debido. Con toda la entereza de madre experimentada, con paciencia y diligencia, con cuidado y arrullos de bebé, le fue lavando su manita mientras el niño berreaba y a mi el corazón se me apachurraba. Ella jamás apartó su amorosa atención del hijo herido, no lo regañó ni sermoneó. Lo lavó, lo curó y lo consoló con hipnóticos susurros hasta tranquilizarlo en sus brazos. Ella nunca vio que me estaba ahogando en el llanto de mi propia culpa. Había sido yo el del descuido, por mí se salió el REX, lo siguieron los niños, lo atropelló una camioneta . Por mi descuido el perro estaba lastimado y por lo mismo había mordido a mi sobrino. Ella jamás señaló el hecho que yo rumiaba en mis entrañas. Era mi culpa y parecía que mi hermana no le daba importancia mas allá de una circunstancia cotidiana. Así son los días cuando tienes niños, se accidentan, se tropiezan, se golpean. Son niños... esto me lo decía a media noche camino al veterinario para que atendieran al REX.
Me pase la noche en vela y vilo, carcomiéndome en remordimientos. ¿y si al Diego le queda su mano como la mía?, ¿y si la mordida le alcanzó a rasgar el nervio medio?, ¿y si le queda la mano cucha como yo la traje?... había que esperar hasta el siguiente día porque a esa hora no había médico rehabilitador pediatra y el niño de dolor gemía.
Una semana después volví a Hermosillo por otro curso y el REX andaba tan fresco como un adolescente y Diego estaba de vacaciones en Disneylandia con su mano intacta, fue entonces cuándo le pude contar en llanto a mi hermana todo lo que había sentido. Ella me dirigió su mas condescendiente mirada y me dijo: Ay Gnozin!, lo que pasa es que eres muy aprensivo con los niños... ya ves, ellos tan tranquilos y tu que te los llevaste cargando. ¿de qué te ha servido tanto psicología hermano?
Con Dios y contigo: Gnozin
El próximo tema de Sobremesa Café será LA CULPA. Te espero en el Bistro Miró... comentarios a yosoy@gnozin.com y los artículos están en http://sobremesa.gnozin.com
