"Todo lo que claramente imaginamos, ardientemente deseamos, sinceramente creamos y entusiastamente emprendamos, inevitablemente sucederá""
Paul J. Meyer
Paul J. Meyer
A los 19 años sólo había espacio en mi cabeza para dos cosas fundamentales en ese momento de mí vida: el voleyball y mi novia. La escuela era una circunstancia que creía habría de remediar, como un empleado federal o sindicalizado piensa resolverá su jubilación: "mientras no me corran y no me muera, saldré de esta ". Es cierto que ya había iniciado mi peregrinaje académico y para graduarme de preparatoria tenía en mi historial el recorrido por 3 escuelas e iba para mi segunda universidad ocupando espacio en la carrera de ingeniero mecánico electricista.
En agosto de 1992, llegué a la ciudad de Monterrey más motivado para estar con mi novia y jugar voleyball con los borregos en el Tec, que para realizar mis estudios de ingeniería. Todavía no sabía de lo importantes que para mí serían los estudios de una carrera universitaria y mis intereses, valores y motivaciones de entonces se reducían a eso. No sé cómo estén las cosas ahora pero entonces, ingresar al equipo de los borregos era algo más que cuestión de honor. Se precisaba determinación, fortaleza, entereza personal y mucha, mucha disciplina. Yo entonces pesaba 95 kilos y estaba concursando junto con otros 36 aspirantes a una de las dos camisetas que estaban disponibles. Los requisitos eran algo extremos y el tiempo de selección serían 6 semanas de exhaustivos entrenamientos que habrían de hacer desistir en las primeras 2 semanas a 19 de los 20 que vomitamos y desfallecimos los primeros 5 días. Un desvelo se traducía en desequilibrios en la presión sanguínea y en los niveles de azúcar en la sangre que tanto Mario (el entrenador) como "el cubano" (su asistente) tenían contemplados como parte del fogueo. El 80 por ciento de los jugadores eran alumnos becados cuya forma de pagar tal prestación era dando el mejor rendimiento tanto en lo académico como en lo deportivo. Para ellos era trabajo de tiempo completo y los entrenamientos consistían en 2 horas por la mañana y 4 por la tarde. De 5 a 7 era natación; cada día diferente tipo de nado; y en las tardes variaba la fatiga según el programa establecido: lunes velocidad y fortalecimiento de piernas en pista, arena y escaleras; los martes y jueves eran de crueles circuitos con pesas, ligas, salto de cuerda y maniobras con pelotas rellenas de arena, los miércoles de recepción y bloqueo en red y los viernes.... ahhh, benditos viernes, 2 horas de saques y remates para coronar la semana con algunas jugadas de estrategia y partidos libres en tercias en los que nos íbamos eliminando por habilidad y desempeño.
Eran 3 mis desventajas: velocidad de piernas, asistencia receptiva y un evidente sobrepeso que no podía ocultar ni disimular. Cada semana nos tomaban medidas, talla, peso, capacidad aeróbica, resistencia pulmonar, fuerza, salto y grasa corporal. Usaban cronómetro, pulsometro, picómetro, tina de agua, inflado de globos después de dar 6 vueltas a la pista (una por cada carril) y saltos pegándole a una pared marcada con la altura que cada cual alcanzaba. A cada uno le llevaban el registro de sus resultados en su propio expediente que era expuesto tanto numérica como gráficamente en la inmensa pared de los vestidores para sentir el reto y la competencia. Semana a semana muchos fueron abandonando su intención. Yo estaba resuelto a formar parte del equipo y durante la 2da. Semana, providencialmente mi padre me recomendó un libro: LA ANTIDIETA; ese mismo día lo compré y al llegar al departamento empecé a devorarlo con las mismas ganas con las que había estado entrenando. Me dieron las 4:30 de la madrugada cuando le di vuelta a la última página y ya estaba listo para vivir con una nueva forma de comer: sólo jugos y fruta por la mañana hasta las 12 del medio día, no volver a combinar proteínas con carbohidratos bajo ninguna circunstancia ni excepción, cada comida solo podía tener un alimento solido (proteína: carne, lácteo: queso, leche, etc, o carbohidrato: pan, tortilla, frijol, arroz, lentejas, etc) y, no comer después de las 8 pm por aquello de facilitar los ciclos del procesos digestivo (apropiación: de 12-20; asimilación: de 20-4 y eliminación: de 4-12). Pues bien, al finalizar las 6 semanas yo ya pesaba 78 kilos con un 13% de grasa en mi cuerpo, éramos solo 5 los aspirantes a las 2 camisetas y el sábado que vimos las gráficas, ya no me parecían tan despiadadas como un mes atrás las juzgaba. Le dieron las gracias a otros 2 y, durante todo el semestre, los dos alemanes (Erick y Gustavo) que además eran primos hermanos; y yo, tuvimos que compartir las 4 camisetas que correspondían a manga larga y manga corta del número 1 y 12. A partir de la semana 7, todos los días entrenábamos con la camiseta y la teníamos que lavar con nuestras propias manos durante la noche para entregársela al otro compañero al siguiente día. Eso era para que le agarráramos amor a la camiseta y así fue.
Creo que todos los seres humanos tenemos este tipo de poder y que en algún punto lo hemos olvidado. Creo que la discusión parlamentaria del senado acerca del aborto es un verdadero desacato porque, desde la unión entre el óvulo y el espermatozoide el cigoto tiene el mismo poder que un ser humano completo. El poder que tenemos desde que somos embrión es el poder de la atracción, porque sin aparente inteligencia, alma ni consciencia atraemos hacia nosotros todos los recursos necesarios para construirnos un cuerpo a nosotros mismos. Yo no creo que sea la madre quien nos confecciona nuestra biología. Yo creo que nos hospeda y en calidad de parásitos usamos su estructura para atraer del mundo todo lo que precisamos para fabricarnos brazos, piernas, uñas, cabellos, etc. Desde fetos le provocamos "antojos" a nuestra anfitriona para proveernos la materia prima de lo que habrán de ser nuestros ojos, huesos, músculos, etc. Ese mismo poder lo tenemos también siendo bebés.
¿Qué harías si al salir de una oficina, centro comercial, restaurante, etc. te encuentras con un bebé abandonado en la banqueta?, ¿Cuál es tu primer impulso?, ¿Lo recogerías?... Créeme... si lo recoges o no, no tiene la menor importancia, ya que si no lo haces tú alguien más lo hará. Alguien se encargará de sus cuidados, higiene, alimentación, sueño y hasta de sacarle el aire. ¿Porqué? Porque ya tiene consigo mismo todo lo necesario para sobrevivir. Y estoy consciente que esta postura puede resultarte algo extrema... esta bien. Eso es parte de nuestro poder. Tenemos tanto poder, que podemos producirnos a nosotros mismos la experiencia de NO PODER.
Espero tus comentarios a gnozin@mac.com , o bien a 7522096 ó 98
Con Dios y contigo: Gnozin
