martes, octubre 16, 2007

DESACATOS

“La sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada.”
Gabriel García Márquez

Haciendo un recuento de daños y perjuicios, creo que a quienes peor he insultado ha sido a aquellas personas que más he querido incluyendo a los seres que me dieron la vida, mis progenitores, y a los que me han acompañado en la misma, mis hermanos.
Empecé a darme cuenta de ello más por reflejo identificativo con unos primos, cuya madre estaba siendo consumida ante sus propios ojos por el cáncer, que por una búsqueda introspectiva. Después de ocho meses con diagnósticos fallidos en donde los médicos no atinaban mas que en recetar mayores dosis de calcio, multivitamínicos y ejercicios de respiración para ver si así mi tía lograba sacudirse el letargo y debilitamiento crónico que padecía las 24 horas del día, lo descubrió por un accidente de clarividencia. Se encontraba amamantando a Fernando, el más chico de sus hijos, y ya tenía meses visitando todas las clínicas que el seguro de gastos médicos alcanzaba a cubrir. Después de haberles dado vida, pecho y crianza a sus otros cinco hijos, ella bien sabía que cada infante termina mostrando su singularidad a como menos se espera pero nunca, en sus más de veinte años de madre experimentada, le había tocado alguno ni saber de ninguno que rotundamente se negara alimentarse de un pecho mientras que con el mismo ímpetu se aferrara al otro para de ahí extraer sus fuerzas para vivir. Con mas aire de casualidad que de suspicacia le comentó este hecho a una asistente de médico que, a fuerza de visitas regulares, cada cual ya sabía de la otra algo más que el nombre. Fue en la espontánea e instantánea mirada de alucinada, que la enfermera no pudo reprimir, de donde mi tía recibió la estocada del fatal presagio. Dígale palabra por palabra al doctor lo que me acaba de decir, él debe de saber de estas cosas, pero por la exagerada despreocupación con la que la joven intento expresarse mi tía supo que no era necesario preguntar más y se fue a llorar su mala hora mientras yo salía de operarme a láser ambos ojos por miopía, en la frontera de Mexicali. Ese Julio 17 de 1997 partí a Los Ángeles y cinco horas más tarde, cuando llegué, ella seguía llorando a puerta cerrada y sin aún dar a nadie ninguna explicación, fue entonces que mi tío tuvo su propia premonición desgarradora y de manera entrecortada me lo dijo: ES CANCER.
Desde ese día hasta el 2 de Septiembre del siguiente año que feneció mi tía, fui a visitarlos cada que el sueldo como maestro del Tec me lo permitió: una vez al mes, y cada cuatro semanas iba viendo su decrepitud en avanzada, veía a mis primos más desorientados y la casa en general más desordenada. Se intensificaban ansiedad y caos formando un espeso fango de angustia y desesperación contenidas. Mi tío, como pilar de la casa, no podía darse el lujo de flaquear frente a ellos y aprovechaba mis visitas, pidiendo días de descanso, para explotar en gritos y bañarse en llanto mientras, con el pretexto de ir por cena, yo manejaba. Fue en una de esas salidas, mientras los chavos dormían y nosotros le exprimíamos a la noche sus últimas horas, que decidimos acompañar nuestra interminable plática con chocolate caliente y donas a las casi cinco de la madrugada. Faltaban dos días para año nuevo y el mismo frío que me recorrió la espalda al acomodarme en el asiento del conductor y tomar el volante helado súbitamente me reveló lo asombrado que estaba por la claridad con que mi tío veía la enfermedad de mi tía, los frecuentes arranques de irrespeto que mis primos sin pudor exhibían por la certeza de quedarse sin madre en cualquier momento y la ambivalencia con la que él mismo afrontaba cada detalle de sus días. Se encontraba tan enojado e irritable como cualquiera de sus hijos, le reclamaba a Dios explicaciones que no llegaban y explotaba sus palmas contra el tablero del carro antes de arrancarse las ultimas hebras de plata que le quedaban. Bajábamos al sur por el Boulevard Montebello y, a menos de 100 metros para llegar al semáforo que hace crucero con la calle Beverly, tenía a mi izquierda un Pontiac, tan destartalado como su conductor que en ese instante empezó a arquearse y convulsionar mientras nos rebasaba, todo sucedió en cámara lenta y con firme serenidad ajena mi tío me dijo FRENA!, y al hacerlo y sin pretenderlo, logré esquivar el golpe que recibió el semáforo en su poste. En menos de 3 minutos llegaron los bomberos y ambulancias con paramédicos. Trataron de revivirlo por todos los medios y nomás no; mientras nosotros boquiabiertos presenciamos todo el proceso. Mi tío levanto la mirada del cuerpo sin remedio y me dijo, vámonos sobrino, este ingrato ya no llegó. A partir de ahí su actitud cambió por completo, dejó de quejarse por el cansancio, por los niños, por las agotadoras quimioterapias mensuales de mi tía, las explotaciones de sus jefes en el trabajo y hasta de las úlceras ocasionadas por tanto café, mal pasadas y desvelos. Había estado en tan egoístamente instalado en su paulatina pérdida que no había reparado siquiera que podía ser el mismo quien muriera sin aviso ni advertencia. Desde entonces se le transformó el humor, dejó de regañar a los hijos, pidió licencia, por enfermedad, en el trabajo para concentrar todas sus energías y esfuerzos en hacerle más fácil los últimos días a su esposa, que muchos meses luchó desde el colchón postrada y él las llagas de la espalda con crema le sobaba y con toallas húmedas el cuerpo le lavaba. La atendió hasta el último aliento en el que exhausta le pidió que se acercara. Ven, le dijo en un volumen inaudible para que acerca el oído a sus labios, ven, volvió a decirle, aquí estoy chula, ¿qué paso?, y entonces ella le dijo: YA!, ¿ya qué Martha?... mi tía ya no contestó, alcanzó avisarle en el último instante que se iba mientras yo volaba de regreso a Culiacán. Minutos antes me había despedido de ella con la certeza de que ya no la vería y mentalmente me machacaba lo mismo que Forrest Gump se repetía después de que su mejor amigo había muerto en sus brazos: “De haber sabido que era la última vez que hablábamos, hubiera dicho algo más inteligente”.
El punto esta en que nunca lo sabemos. Raras veces la vida nos regala esa oportunidad. Tratamos a quienes queremos como si tuviéramos asegurado el mañana para reparar el daño que hoy causamos y por arrogancia o ignorancia practicamos desacatos e insolencias que se pueden quedar en nuestra consciencia.
El respeto al otro es también respeto a mi mismo. Con Dios y contigo: Gnozin Navarro Barreras
Nota: Próxima semana no habrá Sobremesa Café porque saldré de la ciudad. Te espero hasta el otro martes.

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