martes, octubre 23, 2007

FERNANDO

“El matrimonio es el amor domesticado.”
Alejandro Casona

Se llamará Fernando, espetó mi tío entusiasmado, para luego recetarme la arenga familiar de que nuestra dinastía inicia y, hasta este momento, culmina con un Fernando Barreras. Él estaba seguro de que Joshua, el quinto de sus hijos, sería el último y cuando mi tía Martha le dijo que estaba embarazada se energumenizó explotando en insultos e improperios a los cuatro vientos. No podía creer haberse igualado sin querer, a Jesús Alberto, el mayor de sus hijos, recién estupidizado hasta el cansancio y el hastío por haber embarazado a su novia con escasos tres meses de haberla conocido. Arremetió contra todo y se declaró oficialmente inconforme con una frase que habría de marcar su matrimonio: - Si son votaciones, yo no quiero que nazca, pero algo debió de haberle domesticado los ímpetus mal habidos porque cambió sus bramidos de verraco por reflexiones de patriarca ennoblecido con el orgullo de su estirpe. Trece años después sigue negando como entonces haberse enfurecido con la noticia de su sexto hijo alegando que desde siempre Fernando ha sido la encarnación de buenos auspicios.
Sobrino, no pasa del fin de semana para que nazca y quiero que estés aquí “no matter what”, yo vivía en Guadalajara, en ese momento no tenía dinero para el vuelo y tampoco me atreví a poner a prueba el sugerente “no matter what”. Al siguiente día vuelve a llamar mi tío para respaldar con hechos su promesa pocha dándome una CLAVE para tomar un vuelo de estreno de una aerolínea nueva con promociones irresistibles: viaje redondo GDL-TJ-GDL a mil pesos por Aerolíneas Internacionales. Quien alguna vez se haya subido a esos aviones infames, que estaban mas listos para el cementerio que para despegar, estoy seguro que no los olvida por sus aterrizajes demenciales.
Lo vi nacer un sábado 22 de octubre del año 1994 y no hubo ninguno de sus primeros siete cumpleaños en el que no haya estado presente. Fernando quedó huérfano de madre a sus casi cuatro años, y como Testigo de Jehová que era, mi tía no festejaba ni dejaba al resto de su familia festejar, cumpleaños ni navidades, pero una vez muerta, mi tío le dio a sus hijos la prebenda de celebrar a su apetencia y antojo después de diciembre del 98 por respeto luctuoso. En su cumpleaños número cinco Fernando recibió su primera bicicleta y quise enseñarle a andar en ella usando como pista la banqueta. Su casa tiene algunos 15 metros de frente cuya delgada acera tiene pasto por ambos lados y desde una orilla yo lo empujaba para que él pedaleando a la otra llegara; de ahí, solito de la bici se bajaba, con sus manos la cargaba, la volteaba y en ella de nuevo se montaba para volver a iniciar la travesía. Entre el pasto y la banqueta existe una pequeña franja a manera de ranura que hace las funciones de canal de riego, en una de esas idas y venidas se desbarrancó de la senda quedando su llanta trasera volando entre el zacate y el cemento. La llanta delantera sobre la yerba y cada llantita auxiliar a cada uno de los lados de la llanta trasera, estaba atrapado en un pequeño despeñadero y para salir de ahí con más fuerza pedaleaba. Al no avanzar me dirigió una mirada desamparada, yo le quise ayudar pero no quería estorbar, en ese instante tuve la claridad de que era una oportunidad de aprendizaje, presumiblemente, para él y elegí mejor no intervenir. Podía resolver su problema y mitigar mi angustia, o bien podía observarlo sin arrebatarle el momento. Al verme impávido y sin acción, Fernando volvió a pedalear sin resultados, me dirigió otra mirada y también observó sus llantas, pedaleó otra vez y ahora voltear a verme, se concentró en el mecanismo de las ruedas y pude notar el instante en el que descubrió la relación de su pedaleo y la llanta trasera. Sus cejitas se arquearon en un suspiro de asombro y detuvo sus piernitas para devolverme una chispeante mirada. Yo sonreí y el volvió al pedal para confirmar. Ya estaba seguro, entonces se bajo de la bicicleta, la colocó en el concreto y sin precisar ya mas de mis impulsos, llegó solito hasta donde yo estaba. No me pude contener: hice un escándalo por su aprendizaje, lo abracé y lo cargué, le di vueltas de avioncito y le troné aire en el estomago para hacerle cosquillas. Él estaba contento y rezumando gloria hasta por los ojos, era nuestro festín privado y en medio de esa exuberante celebración sentí tristeza de repente. Nos detuve y lo puse de pie mientras yo me hinqué para estar frente a sus ojos... entonces le dije: Sabes una cosa Fernando, lo mas triste de todo esto es que con el tiempo se te va a olvidar este momento y yo me voy a quedar solito con el recuerdo, y lo que puede llegar a ser una memoria compartida, terminará disolviéndose hasta convertirse en mi propia fantasía. Habré de preservar este recuerdo por los dos, so pena de también perderlo. Seré el centinela de esta joya para no llegar con el tiempo a pensar, que yo mismo me lo inventé.
A ocho años de distancia no he tenido el valor de confirmar si, como yo, él aún conserva ese momento. Tampoco sé si alguna vez lo comprobaré, después de todo, ese aprendizaje también fue mío porque ese día supe que es posible ayudar sin estorbar así como hoy, mientras estas líneas escribía, aprendí que cada cual ha de preservar de la amnesia propia su historia. Nos vemos el próximo martes de Sobremesa Café a las 7 de la tarde. La semana antepasada fuimos ocho y esperamos mayor concurrencia.
Con Dios y contigo: Gnozin Navarro Barreras
La nueva dirección de internet para ver los artículos pasados es http://sobremesa.gnozin.com y mi nuevo correo es yosoy@gnozin.com

No hay comentarios.: