jueves, febrero 01, 2007

NIÑOS GADGET: UNA INFANCIA CRUEL

“Antes de que los psicólogos y las autoridades intervinieran en el asunto, nadie dudaba de los efectos benéficos de una buena paliza”.
Isabel Allende

Crecí yéndome a dormir “calientito” todos los días. Era la receta materna después de muchos frustrados intentos por llevarnos a la cama entre gritos, regaños y alaridos. Esto solo sucedía en el interior doméstico ya que estando fuera de casa, mi madre tenía el poder de controlarnos con una mirada en la que hinchaba los ojos y torcía una mueca con apretada mordida.
No había espacio para las imprudencias ni para participar en las “pláticas de grandes”. Así estaban las cosas y las dábamos por “buenas” sin cuestionamiento alguno. El resto era juego: trompo, yo-yo, balero, canicas, roña, encantados, stop, bicicleta, avalancha, fut, beis, basquet, voli, etc. Recuerdo que entre los 4 y los 7 años (antes de irnos a vivir a “Las Quintas”) mi juego favorito consistía en darle uso a mis soldaditos de hule verde colocándolos a lo largo del pasillo y derribándolos desde lejos a fuerza de precisión y puntería con canicas. Es cierto que mis juguetes no producían ningún efecto multimedia pero ni falta me hacía. No se movían, sin embargo en mí fantasía había toda una travesía. Terminado el episodio del pasillo, la persecución continuaba en el colchón. Ahí formaba mis propios cerros entre pliegues de cobija. Esto demandaba todo un ritual de extenderla al aire varias veces hasta que en caída libre y por su peso, encontraba el montañoso acomodo que mí juego requería. Aquí entraban en escena dos nuevos personajes: un enorme villano cuyas intenciones básicas eran devorar con sus propios dientes al ejército escondido entre las cuevas y recovecos, en tanto otro héroe, de pequeñas dimensiones, al vuelo rescataba a cuanto soldado podía antes de ser atrapado por el enemigo. Cabe mencionar un detalle, las características y materiales de los que estaba fabricado mi héroe eran aún más sencillas que las de mis cerros: una envoltura de “chicle motita” cuando el único sabor que había era de fresa (después salió el de plátano y luego el de uva), que lo doblaba a la mitad para enrollar una de ellas y extender la otra, así lograba cuerpo y capa de mi “superman-motita”. Así podía invertir mis tardes en el perfeccionamiento de mi juego que según humor y ganas podía incluir lluvia, noche, día, rayos, nieve pero sobretodo, siempre había dramatizaciones entre los personajes. A mis dos hermanas les bastaba un cordón elástico y una silla para brincar toda la tarde. No había hastío.
Creo que si HOY fuera niño mí infancia sería más difícil. Es posible que a los 9 años ya habría recorrido a todos los psicólogos y especialistas de la ciudad, mi madre estaría loca y mi diagnóstico, con la lista de mis “padecimientos” solo iría en aumento. Mi sensación de vacío y soledad sería insoportable llevándome a retar a todo aquello que me representase autoridad. Creo que cuestionaría cualquier dictamen de quien viniese, y en últimas, me sentiría intoxicado con tanta información recibida.
El fin de semana pasado di un curso a niños entre los 5 y 10 años. TODOS traían celular. Una buena parte tenía en sus mochilas, como “kit básico” PSP (Play Station Portatil), iPod y otras porquerías. Dos de ellos, primos por cierto, tenían incrustaciones de diamantes en ambos dientes superiores frontales... en pocas palabras, tengo la impresión de que ya no es tan fácil ser niño. La competencia entre ellos es alentada, promovida y nutrida por los propios padres. La histeria colectiva en la que socialmente nos encontramos los adultos se extiende hasta ellos. Sus síntomas solo son reflejo de nuestros mal resueltos asuntos inconclusos y en tanto no reflexionemos al respecto ni hagamos algo más constructivo con nuestros tiempos para ellos, seguiremos padeciendo de sus estruendosas rabietas, berrinches, e hiperactividades. Los seguiremos mal diagnosticando y empastillando. Justificaremos nuestras ausencias en nombre del progreso y una mejor calidad de vida, trabajando más horas para darles lo mejor, en tanto mitigamos nuestras culpas con más regalos aspirando a que de grandes, logren valorarlos y se hagan hombres y mujeres de éxito.
He sabido que tanto en el mercado del Desarrollo Humano como en algunas escuelas particulares se ofrecen cursos para hacer “niños exitosos”, “niños con inteligencia emocional”, “niños que aprendan a programarse mentalmente”, etc. creo que todos esos circos encierran una seria falta de comprensión acerca de la naturaleza del niño. Los niños NACEN EXITOSOS!!!. Si careciéramos de capacidades y aptitudes naturales para triunfar no podríamos desarrollar las habilidades para hablar ni caminar entre tantas otras. ¿Cuántos experimentos sin aparente éxito se requieren para que un niño camine por su propio pie?. Y pese a los golpes, tropiezos e intentos frustrados, el niño trae consigo la semilla y el temple para lograrlo. No hay nada que enseñarle ni que decirle. Sin “frases poderosas”, sin “programaciones mentales”, sin cursos de esto o aquello para que camine como se debe. Solo hay que dejarlo ser niño y el resto es ÉXITO GARANTIZADO. ¿Cuantas correcciones recibe el niño para poder comunicarse con eficacia y estilo?, sin embargo y a pesar de nuestras carencias didácticas, misteriosamente y casi por arte de magia, después de algún periodo aparentemente infértil, pasa del balbuceo a la pronunciación impecable con tanta gracia como la de sus progenitores. Yo hablé hasta pasados los cinco años y JAMAS recibí terapia de lenguaje. Quien me conoce lo sabe: hablo “hasta por los codos”, y solo lo hice hasta que fue absolutamente indispensable para socializar con mis compañeros de kinder. Antes de eso, decir perro, gato, pelota y comida los reducía a “guau-guau, miau-miau, pata-pata y aammhh-aammhh” respectivamente. Gocé una infancia en la que tuve mi espacio y también las amorosas atenciones de mí madre. Hubo palizas y caricias a discreción y mérito. A la fecha y como entonces, si llego a padecer la embestida de alguna gripa que me ponga en cama, es mi madre a quien primero veo al abrir mis ojos en medio de la noche; y si requiero tomar algún medicamento, por tarde que sea la hora, ella esta al pie de la cama para otorgármelo. No existe enfermedad ni dolencia que resista el poder de sus atenciones y cuidados. Con esa fortuna me vino la niñez, en donde no se esperaba de nosotros otra cosa que no fuera la de ser niños, en tanto hoy veo que se les exige hablar antes de tiempo y, de ser posible, varios idiomas. Se espera que sean superniños como muestra de que tienen superpadres. No existe paliza alguna de mí infancia que considere superior a cualquier amorosa atención de mis padres, así como creo que no existe regalo suficiente, por caro y costoso que este sea, que logre sustituir las atenciones amorosas de sus padres, puesto que, junto con Sigmund Freud, yo también creo “no existe felicidad mas grande que la certeza de saberse amado”.
Tengo mis serias sospechas que todo esto hunde sus raíces en la velocidad del cambio al que estamos sometidos. En los últimos 100 años hemos pasado de la velocidad del caballo a la velocidad digital, que es prácticamente instantánea. Y como este tema es “cantar de otros cantares”, lo abordaré la próxima semana en esta misma columna en tanto quedo a la espera de tus comentarios acerca de esta. Mis datos son 7522096/98, o bien, a gnozin@mac.com
Quedo con Dios y contigo: Gnozin Navarro Barreras

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