“Tu ´tas mien monito”.
Nikitis (3 años).
Nikitis (3 años).
Existe una larga historia entre mi sobrino Manuel, una cobijita que me regaló Nora Patricia (mi prometida) y yo. Al llegar de su luna de miel, mi hermana Liétay fue a la casa de mis padres para hacerse de algunas cosas que precisaría en su nuevo hogar. Así fue como se fue mi cobertorcito regalado: entre sábanas, almohadas y cobijas de “la casa”. No volví a saber nada de la frazada hasta año y medio después, cuando mi hermana se encontraba embarazada de Manuel, estaba de moda el primer Big Brother y Nora Patricia y yo decidimos matar uno de esos domingos en la casa de Liétay viendo con ella dicho programa. Sepultados bajo sábanas, estábamos enroscados por el frío en una inmensa cama, comiendo botana y alimentando nuestro voyerismo con los cautivos en pantalla. En una de esas, comerciales seguramente, se levanta mi hermana para ir a la cocina y al acomodarse de regreso algo se hizo evidente: la cobijita con la que se tapaba la pelota de embaraza era mi frazada extraviada; inmediatamente hice la referencia y ella sacó un as bajo la panza: -”No te la puedo regresar porque le gusta mucho al Manuelito”, - señalándose el ombligo con su propio índice.
El niño nació y desde entonces ha dormido con mi cobijita. Desde que tiene uso de razón lo he atormentado con que es mía y que algún día me la habrá de regresar. Hace dos años estuvimos muy cerca de ese trámite. En un instante de rebosante cariño por el tío Manuel decidió regresármela. Era domingo y nos encontrábamos desayunando en un restaurante, el niño se armó de valor y le preguntó a su mamá por la cobija porque se la iba a regresar a su tío. Mi hermana no lo podía creer y en tono amenazante le preguntó a Manuel: -”Estas seguro que le quieres regresar a tu tío Gnozin la cobijita Manuel”; si!, contestó valientemente. Ella fue al carro por la cobija de la discordia, se la entrego a el niño sin doblar, él generosamente me la extendió con franca sonrisa y yo hice un escándalo de alegría por recibir mi tesoro perdido. Le di las gracias con mucha parsimonia, lo abracé y lo besé, le dije que estaba muy contentó y orgulloso de él porque finalmente me la había regresado y le pedí que me ayudara a doblarla para guardarla conmigo porque ya me iba a quedar con ella. Mientras la doblábamos, él todavía no caía en cuenta de lo que todo eso significaba y en el último dobles le dije: - “Ahora si Manuel, ya podemos decir que la cobija es mía y está de nuevo conmigo”.
Su rostro se desfiguró. Jamás había visto en cámara lenta la transformación del gesto de entusiasmo del amor al mas recalcitrante de los duelos. Al comprender lo que estaba pasando, volteó a ver a su mamá con un dolor y desamparo pero ella no se dejó ablandar, fue enérgica para darle una lección recordándole: - “Yo te pregunté que si estabas seguro Manuel y tu me dijiste que sí”, - el niño regresa de nuevo hacia mi y encontró mis brazos abiertos con los ojos a punto de reventar. Lloramos juntos: el por la pérdida e inmediata recuperación, mientras yo por rescatar un poco la inocente transparencia de niño que alguna vez tuve y que mi padre a veces se duele preguntándome por él: - “¿en donde quedó el niño aquel de mirada fascinada?... si me dan a escoger - me dice - por mucho prefiero al niño. - Desde luego que guardo silencio y añoro más que él al mismo niño, nunca he sabido que decirle. Soy yo quien mas lo extraña y necesito rescatarlo para cuidarlo si no, temo que nos hundamos los dos.
Este domingo 20 de enero Nikitis cuidó de “mi niño” como TODO UN GRANDE. Siendo el hermano chico de Manuel ha crecido como testigo silencioso de nuestro pleito por la cobija. Nunca antes había intervenido, y de hecho no lo hizo de manera directa sino a posteriori. Estábamos discutiendo por la cobija Manuel y yo hasta que remató diciéndome que no me quería. - ¿“No me quieres Manuel?” - ¡No!, me decía. Repetimos el ejercicio varias veces y luego nos ignoramos, el para ver “Plaza Sésamo” y yo para quedarme quieto. Ahí llego Nikitis para abrazarme, para decirme que me quiere mucho, que su cobija es mía y de él. Que es cierto que Manuel había dicho no quererme pero que él estaba ahí para quererme.
Tío Gnozin... yo te quiero mucho me decía. Esta cobija es tuya y es mía repetía. Me lo dijo tantas veces y con tanta persistencia que me tenía derretido. Nikitis había visto como su hermano me dio la espalda y él decidió CUIDARME. No quería que por ningún momento me sintiera menos querido. Me abrazaba, me besaba y me decía cuanto me quiere. Ponía su cobija en amorosa ofrenda y remataba jugando con mi rostro y diciendo: - “Tu ´tas mien monito”.
Existe una sabiduría infantil que por las prisas a veces ignoro. Por andar tras “el pan”, olvido lo esencial. De repente mi brújula apunta hacia el norte del exterior y deja de orientarme hacia el corazón. Creo que nacemos para amar y ser amados. Para vivir en el amor declarándolo y expresándolo con quienes lo experimentamos. Si no lo hacemos así, el momento se nos va y podemos perder la oportunidad de hacerlo para siempre.
Con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com
El niño nació y desde entonces ha dormido con mi cobijita. Desde que tiene uso de razón lo he atormentado con que es mía y que algún día me la habrá de regresar. Hace dos años estuvimos muy cerca de ese trámite. En un instante de rebosante cariño por el tío Manuel decidió regresármela. Era domingo y nos encontrábamos desayunando en un restaurante, el niño se armó de valor y le preguntó a su mamá por la cobija porque se la iba a regresar a su tío. Mi hermana no lo podía creer y en tono amenazante le preguntó a Manuel: -”Estas seguro que le quieres regresar a tu tío Gnozin la cobijita Manuel”; si!, contestó valientemente. Ella fue al carro por la cobija de la discordia, se la entrego a el niño sin doblar, él generosamente me la extendió con franca sonrisa y yo hice un escándalo de alegría por recibir mi tesoro perdido. Le di las gracias con mucha parsimonia, lo abracé y lo besé, le dije que estaba muy contentó y orgulloso de él porque finalmente me la había regresado y le pedí que me ayudara a doblarla para guardarla conmigo porque ya me iba a quedar con ella. Mientras la doblábamos, él todavía no caía en cuenta de lo que todo eso significaba y en el último dobles le dije: - “Ahora si Manuel, ya podemos decir que la cobija es mía y está de nuevo conmigo”.
Su rostro se desfiguró. Jamás había visto en cámara lenta la transformación del gesto de entusiasmo del amor al mas recalcitrante de los duelos. Al comprender lo que estaba pasando, volteó a ver a su mamá con un dolor y desamparo pero ella no se dejó ablandar, fue enérgica para darle una lección recordándole: - “Yo te pregunté que si estabas seguro Manuel y tu me dijiste que sí”, - el niño regresa de nuevo hacia mi y encontró mis brazos abiertos con los ojos a punto de reventar. Lloramos juntos: el por la pérdida e inmediata recuperación, mientras yo por rescatar un poco la inocente transparencia de niño que alguna vez tuve y que mi padre a veces se duele preguntándome por él: - “¿en donde quedó el niño aquel de mirada fascinada?... si me dan a escoger - me dice - por mucho prefiero al niño. - Desde luego que guardo silencio y añoro más que él al mismo niño, nunca he sabido que decirle. Soy yo quien mas lo extraña y necesito rescatarlo para cuidarlo si no, temo que nos hundamos los dos.
Este domingo 20 de enero Nikitis cuidó de “mi niño” como TODO UN GRANDE. Siendo el hermano chico de Manuel ha crecido como testigo silencioso de nuestro pleito por la cobija. Nunca antes había intervenido, y de hecho no lo hizo de manera directa sino a posteriori. Estábamos discutiendo por la cobija Manuel y yo hasta que remató diciéndome que no me quería. - ¿“No me quieres Manuel?” - ¡No!, me decía. Repetimos el ejercicio varias veces y luego nos ignoramos, el para ver “Plaza Sésamo” y yo para quedarme quieto. Ahí llego Nikitis para abrazarme, para decirme que me quiere mucho, que su cobija es mía y de él. Que es cierto que Manuel había dicho no quererme pero que él estaba ahí para quererme.
Tío Gnozin... yo te quiero mucho me decía. Esta cobija es tuya y es mía repetía. Me lo dijo tantas veces y con tanta persistencia que me tenía derretido. Nikitis había visto como su hermano me dio la espalda y él decidió CUIDARME. No quería que por ningún momento me sintiera menos querido. Me abrazaba, me besaba y me decía cuanto me quiere. Ponía su cobija en amorosa ofrenda y remataba jugando con mi rostro y diciendo: - “Tu ´tas mien monito”.
Existe una sabiduría infantil que por las prisas a veces ignoro. Por andar tras “el pan”, olvido lo esencial. De repente mi brújula apunta hacia el norte del exterior y deja de orientarme hacia el corazón. Creo que nacemos para amar y ser amados. Para vivir en el amor declarándolo y expresándolo con quienes lo experimentamos. Si no lo hacemos así, el momento se nos va y podemos perder la oportunidad de hacerlo para siempre.
Con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com

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