“... también me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”.
José Alfredo Jiménez.
José Alfredo Jiménez.
Tuvo que pasar mas allá del mes y medio para que destapara la primera de las cajas llenas de “tiliches”. Yo las visitaba una o dos veces por semana. Ellas ya vivían en Guadalajara antes de que yo llegara. Eran dos hermanas a las que se les había abonado una amiga de la infancia y las tres, residían en un departamento de estudiantes foráneas en la Perla Tapatía. Yo ya las conocía porque eran íntimas amigas de mi hermana Liétay y a fuerza de visitas regulares, fui desarrollando una hermosa amistad con ellas, al tiempo que también fui conociendo a otras de sus amistades con quienes compartía el mismo terruño y la misma cuna: Culiacán, Sinaloa.
Así apareció “la socia”. Un buen día llegue al departamento de ellas y se encontraba un culichi que no veía desde hacia quince años y con quien en una ocasión, en segundo de primaria, me peleé haciendo cola en la fila de “la tiendita” del Colegio; él estaba recostado en el sillón de la sala, con uniforme de futbol y evidentes señas de que había jugado, con la cabeza en los muslos de “la socia” mientras ella le limpiaba la espuma de rasurar con una navaja de peluquero. Yo lo miré con envidia y oscuros deseos de que a ella se le deslizara la hoja metálica sobre la yugular. Salude sin entusiasmo y pregunte por mis amigas que acababan de salir instantes antes de que yo llegara. “¿A poco no las viste en la banqueta?”, preguntó “la socia”. No, le dije. Bueno, muchas gracias, ahí nos vemos. Hey Gnozin, ¡espérate!, ¡ahorita vienen!, fueron a rentar unas películas y recoger la pizza, ¿porqué no te quedas?... jamás me arrepentiré de haberme quedado.
Posteriormente mis amigas le pidieron a “la socia” que se fuera a vivir con ellas. “La socia” vivía sola y por alguna razón prefería conservar con cierto celo su propio espacio a pesar de que pasara la mayor parte de sus tarde en el departamento de ellas. Fue cuestión de tiempo para que la convencieran. Yo me enteré cuando tuve que hacer un grande esfuerzo para abrir la puerta a causa de una cajas y maletas que estorbaban para pasar. Ella estaba en plena migración y había traído consigo un departamento completo empacado en bultos de todos los tamaños y tipos.
Así pasaron las semanas y “la socia” todavía no levantaba uno de los tantos escombros que su mudanza había dejado esparcidos por todo el departamento. Cada área estaba sitiada con señales de su llegada. Todo eso causaba una muda tensión entre las antiguas inquilinas que conocían al dedillo las reglas de “la casa” pero ninguna fue lo suficientemente claridosa como para hacérselo saber. Llegaron hasta evitar estar en su propio hogar con tal de no ver el muladar que las ahogaba. Cierto fin de semana se organizaron, sin invitar a “la socia”, un viaje a Tapapalpa y algo debió de sospechar “la socia” porque cuando yo llegué a visitarlas, el departamento se encontraba a oscuras. Toque varias veces hasta calentarme los nudillos. Toque y toque con insistencia porque imaginaba que alguien estaba ya que se escuchaba música a todo volumen. Toque tantas veces que ya estaba por rendirme cuando se abrió la puerta de par en par y “la socia” me recibió con un grito de entusiasmo: “¡¡¡SOCIO!!!” ven pa´ca. Pásale, pásale. Estamos en plena fiesta. ¡Ven!, te quiero enseñar algo. No era el departamento que yo conocía. Todo estaba en penumbras y escasas veladoras de aroma apenas iluminaban algunos rincones. Había incienso por todas partes, pero ni las velas con el incienso lograban imponerse sobre el tufo a mariguana. Me llevó hasta su, ya transformada, recámara. Había pintado de negro todo el techo y a partir del foco central, dibujó con un delgado pincel un espiral color plata, que al fijar la mirada sobre el, se empezaba a tener la sensación de que el techo respiraba. Máscaras, repisas y cuadros en las dos paredes. La ventana también de luto y en el clóset toda su ropa debidamente acomodada. Me invito a sentarme en un tapete de costal y ella se sentó en otro igual. Respiró profundamente con los ojos cerrados, al tiempo que extendía sus brazos en movimiento circular, exhaló y desde su centro dijo algo que me estremeció: YA LLEGUÉ, ya se puede decir que YA LLEGUÉ. Ya estoy aquí socio. Me tomó tiempo, sin embargo ya podemos decir que mi huella esta completa en este lugar.
Esa declaración silvestre de realización personal hoy la puedo decir también en esta columna: YA LLEGUÉ, me tomo casi año y medio de publicaciones dominicales en el suplemento TU CASA, de esta misma editorial, para llegar aquí. Agradezco a Blanca Rosa haberme abierto las puertas, a Mayra por recibirme aquí y a la dirección por esta nueva ubicación.
Si eres lector recién llegado, eres igual de bienvenido que quienes hasta aquí me han seguido. Hoy se abre este espacio para encontrarnos todos los martes, y si gustas del formato presencial, te espero junto con el resto de la cofradía en el Café Bistro Miró a las 7 de la tarde, como todos los martes, que compartimos y departimos mutua experiencia y temas de vida; y si quieres leer algún artículo pasado, puedes ingresar a http://sobremesa.gnozin.com (hay mas de 60).
Con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com
Así apareció “la socia”. Un buen día llegue al departamento de ellas y se encontraba un culichi que no veía desde hacia quince años y con quien en una ocasión, en segundo de primaria, me peleé haciendo cola en la fila de “la tiendita” del Colegio; él estaba recostado en el sillón de la sala, con uniforme de futbol y evidentes señas de que había jugado, con la cabeza en los muslos de “la socia” mientras ella le limpiaba la espuma de rasurar con una navaja de peluquero. Yo lo miré con envidia y oscuros deseos de que a ella se le deslizara la hoja metálica sobre la yugular. Salude sin entusiasmo y pregunte por mis amigas que acababan de salir instantes antes de que yo llegara. “¿A poco no las viste en la banqueta?”, preguntó “la socia”. No, le dije. Bueno, muchas gracias, ahí nos vemos. Hey Gnozin, ¡espérate!, ¡ahorita vienen!, fueron a rentar unas películas y recoger la pizza, ¿porqué no te quedas?... jamás me arrepentiré de haberme quedado.
Posteriormente mis amigas le pidieron a “la socia” que se fuera a vivir con ellas. “La socia” vivía sola y por alguna razón prefería conservar con cierto celo su propio espacio a pesar de que pasara la mayor parte de sus tarde en el departamento de ellas. Fue cuestión de tiempo para que la convencieran. Yo me enteré cuando tuve que hacer un grande esfuerzo para abrir la puerta a causa de una cajas y maletas que estorbaban para pasar. Ella estaba en plena migración y había traído consigo un departamento completo empacado en bultos de todos los tamaños y tipos.
Así pasaron las semanas y “la socia” todavía no levantaba uno de los tantos escombros que su mudanza había dejado esparcidos por todo el departamento. Cada área estaba sitiada con señales de su llegada. Todo eso causaba una muda tensión entre las antiguas inquilinas que conocían al dedillo las reglas de “la casa” pero ninguna fue lo suficientemente claridosa como para hacérselo saber. Llegaron hasta evitar estar en su propio hogar con tal de no ver el muladar que las ahogaba. Cierto fin de semana se organizaron, sin invitar a “la socia”, un viaje a Tapapalpa y algo debió de sospechar “la socia” porque cuando yo llegué a visitarlas, el departamento se encontraba a oscuras. Toque varias veces hasta calentarme los nudillos. Toque y toque con insistencia porque imaginaba que alguien estaba ya que se escuchaba música a todo volumen. Toque tantas veces que ya estaba por rendirme cuando se abrió la puerta de par en par y “la socia” me recibió con un grito de entusiasmo: “¡¡¡SOCIO!!!” ven pa´ca. Pásale, pásale. Estamos en plena fiesta. ¡Ven!, te quiero enseñar algo. No era el departamento que yo conocía. Todo estaba en penumbras y escasas veladoras de aroma apenas iluminaban algunos rincones. Había incienso por todas partes, pero ni las velas con el incienso lograban imponerse sobre el tufo a mariguana. Me llevó hasta su, ya transformada, recámara. Había pintado de negro todo el techo y a partir del foco central, dibujó con un delgado pincel un espiral color plata, que al fijar la mirada sobre el, se empezaba a tener la sensación de que el techo respiraba. Máscaras, repisas y cuadros en las dos paredes. La ventana también de luto y en el clóset toda su ropa debidamente acomodada. Me invito a sentarme en un tapete de costal y ella se sentó en otro igual. Respiró profundamente con los ojos cerrados, al tiempo que extendía sus brazos en movimiento circular, exhaló y desde su centro dijo algo que me estremeció: YA LLEGUÉ, ya se puede decir que YA LLEGUÉ. Ya estoy aquí socio. Me tomó tiempo, sin embargo ya podemos decir que mi huella esta completa en este lugar.
Esa declaración silvestre de realización personal hoy la puedo decir también en esta columna: YA LLEGUÉ, me tomo casi año y medio de publicaciones dominicales en el suplemento TU CASA, de esta misma editorial, para llegar aquí. Agradezco a Blanca Rosa haberme abierto las puertas, a Mayra por recibirme aquí y a la dirección por esta nueva ubicación.
Si eres lector recién llegado, eres igual de bienvenido que quienes hasta aquí me han seguido. Hoy se abre este espacio para encontrarnos todos los martes, y si gustas del formato presencial, te espero junto con el resto de la cofradía en el Café Bistro Miró a las 7 de la tarde, como todos los martes, que compartimos y departimos mutua experiencia y temas de vida; y si quieres leer algún artículo pasado, puedes ingresar a http://sobremesa.gnozin.com (hay mas de 60).
Con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com

No hay comentarios.:
Publicar un comentario