“Oye ogro, fíjate que mi amiga tiene esa “onda” con los ogros”.
Estudiante fresita de internado en película: “Shrek Tercero”
Estudiante fresita de internado en película: “Shrek Tercero”
Diciembre de 1992. Graduación de mi hermana Aléteya y su ahora esposo Marco Pablo. Alborozada por comprarse un vestido para la ocasión se le hace buena idea ir a Houston en pos de uno. Marco Pablo, entonces novio y condesciende desde siempre con su modo de pensar, decide recorrer esos buenos 800 kilómetros en carro desde Monterrey para hacerla feliz mientras que yo fui de chaperón.
Hace quince años todavía se viajaba a Estados Unidos a “la antigüita”: sin reservaciones de hotel “on line,” sin MapQuest, Google Earth, teléfono celular a la mano, etc. Recién pasada la frontera, se compraba un mapa del estado en una gasolinera para ver las carreteras y otro de la ciudad para identificar calles y puntos de interés con mayor facilidad, y una vez llegado al destino ignoto, se aterrizaba en alguna cafetería 24 horas para pedir instrucciones a meseras y empleados, al tiempo que usabas la sección amarilla para ubicar nombres de establecimientos de interés... en términos generales, esa era una manera práctica de viajar y así lo hicimos.
Llegamos de noche a una cafetería 24 horas, pedimos indicaciones, revisamos ubicación de hotel y centros comerciales, hicimos nuestro plan de recorrido para encontrar el vestido perseguido y, al siguiente día, después de haber barrido con buena parte de negocios parecidos terminamos comprando en el primer establecimiento que habíamos visitado. Estoicamente y sin hacer gestos Marco Pablo se fletó todo el numerito de ¿cómo se me ve este?, ¿no esta mejor el otro que vimos hace dos tiendas?, ¿me veo muy gorda?, ¿que será mejor: estraple, tirantes, mangas, escote en la espalda...?; en fin, creo que me entiendes... y todo esto sin contar el otro auténtico víacrusis de los zapatos.
El domingo a las 5 de la tarde cerraron el Centro Comercial Galerías e iniciamos nuestro retorno. Marco Pablo encontró un camino que acortaba la distancia a Laredo, Tx. sin tener que pasar por San Antonio usando la hipotenusa del triángulo que se formaba entre Laredo-San Antonio-Houston. Llegamos a la frontera de noche y cenamos pizzas, el carro empezó a dar muestras de indisposición y tuvimos nuestro momento de dudas: ¿Nos vamos a nos quedamos?, ¿y si falla en definitiva a media carretera?. Nos podemos a quedar a dormir aquí y mañana a primera hora nos regresamos ya descansados... esa era la teoría porque al revisar nuestros bolsillos nos quedaron dos opciones: dormir en el carro o llegar a Monterrey con la gasolina que nos quedaba. Nos fuimos por la libre y en medio de una noche invernal: oscura, estrellada y sin nubes, fuimos perdiendo visibilidad: tablero, faros y potencia misma del motor cada vez más débiles por falta de electricidad hasta que 35 kms adelante de Laredo, el carro balbuceó sus últimos eructos de alternador y todo se oscureció. Pese haber sido el tramo de carretera mas costoso en toda latinoamérica, la autopista estaba de moda y nuestro recorrido era el menos transitado. Solo era usado por camiones de carga y trailers. Orillamos el carro como pudimos y exploramos el área en que estábamos: acabamos de pasar un puente sin haberlo visto!, Marco Pablo pudo haberse orillado con la inercia unos metros atrás habiéndonos descarrilado por un despeñadero sin que ahorita estuvieras leyendo estas líneas. Minutos mas tarde un trailer se apiado y orilló, encadenamos el carro para irlo jalando y, a unos minutos de estar avanzando, se soltó una manguera de cierto gas que estaba entre la cabina y la caja. El chofer me pidió que hiciera acrobacias yendo en ese espacio para contener la fuga con una mano y sostenerme con la otra hasta llegar a un restaurante cercano a medio camino: ¡por poco y no aguanto!, el frío a la intemperie, la fatiga de colgarme con un brazo, la inmediatez del mofle con ruido y humo, ademas de estar siendo aplastado con la caja contra la cabina en cada curva fueron sencillamente insoportables. A duras penas llegamos al restaurante “El Oasis” y desencadenamos el carro, el chofer rastreo con radio de frecuencia abierta al trailer mas cercano para que nos diera un raite y este no tardó en arribar. El nuevo transportista no iba propiamente a Monterrey pero tuvo la disposición de llevarnos hasta un pueblito paralelo a esa carretera y de ahí podríamos tomar un camión a casa: así fue, nos dejó en un pueblo fantasmal cuya central camionera era un paupérrimo local de cuarta y que tardó su buen rato el llegar un transporte de paso cuyos desvelados pasajeros traían hasta gallinas en las canaletas de equipaje.
No hubo ruido, molestia ni condición desfavorable para mi agotamiento. Tan pronto me acomodé en el asiento, caí rendido sin noción del tiempo para minutos mas tarde ser abruptamente despertado por mi hermana, que en medio de una histeria colectiva, me decía: “ay que salirnos porque el camión se esta quemando”. El motor estaba en llamas y todo el humo se había filtrado hacia dentro: una nube negra cubría maletas y gallinas y el gentío despertaba al modo que van tronando las palomitas en el microondas.
Tuvimos que esperar a que pasara otro camión que finalmente nos llevaría a Monterrey. Llegamos hasta las 6:00 am y Marco Pablo se regreso por el carro tirado en la carretera.
Hace un par de días platicaba con Aléteya este incidente y ella me recordó otros por el estilo con otros vestidos: el de la graduación de preparatoria estuvo a punto de quedar hecho cenizas al estar colgado de un cortinero que ardió con un chispazo de corriente del aire acondicionado. El de su boda paso a mejor vida de tanto bailar sobre él. Es más, tiene un vestido sin estrenar que lo iba a usar en la boda de Liétay pero ese día Diego decidió nacer (el de la mano mordida por el REX) y Aléteya en vez de ir a la fiesta se fue a parir y su atuendo de embarazada aun espera colgado.
En esas estábamos entre carcajada y carcajada por tanta historia de sus vestido cuando le dije: “Ay hermana, lo que pasa es que tu tienes “esa onda” con los vestidos”... solo espero que dentro de 117 días que es mi boda, no pase nada con tu vestido ni con el de nadie.
Nos vemos el próximo martes en el Sobremesa Café... ya empezamos este año: Muchas gracias a las presentes del Martes pasado... Excelente intercambio.
Con Dios y contigo: Gnozin
Hace quince años todavía se viajaba a Estados Unidos a “la antigüita”: sin reservaciones de hotel “on line,” sin MapQuest, Google Earth, teléfono celular a la mano, etc. Recién pasada la frontera, se compraba un mapa del estado en una gasolinera para ver las carreteras y otro de la ciudad para identificar calles y puntos de interés con mayor facilidad, y una vez llegado al destino ignoto, se aterrizaba en alguna cafetería 24 horas para pedir instrucciones a meseras y empleados, al tiempo que usabas la sección amarilla para ubicar nombres de establecimientos de interés... en términos generales, esa era una manera práctica de viajar y así lo hicimos.
Llegamos de noche a una cafetería 24 horas, pedimos indicaciones, revisamos ubicación de hotel y centros comerciales, hicimos nuestro plan de recorrido para encontrar el vestido perseguido y, al siguiente día, después de haber barrido con buena parte de negocios parecidos terminamos comprando en el primer establecimiento que habíamos visitado. Estoicamente y sin hacer gestos Marco Pablo se fletó todo el numerito de ¿cómo se me ve este?, ¿no esta mejor el otro que vimos hace dos tiendas?, ¿me veo muy gorda?, ¿que será mejor: estraple, tirantes, mangas, escote en la espalda...?; en fin, creo que me entiendes... y todo esto sin contar el otro auténtico víacrusis de los zapatos.
El domingo a las 5 de la tarde cerraron el Centro Comercial Galerías e iniciamos nuestro retorno. Marco Pablo encontró un camino que acortaba la distancia a Laredo, Tx. sin tener que pasar por San Antonio usando la hipotenusa del triángulo que se formaba entre Laredo-San Antonio-Houston. Llegamos a la frontera de noche y cenamos pizzas, el carro empezó a dar muestras de indisposición y tuvimos nuestro momento de dudas: ¿Nos vamos a nos quedamos?, ¿y si falla en definitiva a media carretera?. Nos podemos a quedar a dormir aquí y mañana a primera hora nos regresamos ya descansados... esa era la teoría porque al revisar nuestros bolsillos nos quedaron dos opciones: dormir en el carro o llegar a Monterrey con la gasolina que nos quedaba. Nos fuimos por la libre y en medio de una noche invernal: oscura, estrellada y sin nubes, fuimos perdiendo visibilidad: tablero, faros y potencia misma del motor cada vez más débiles por falta de electricidad hasta que 35 kms adelante de Laredo, el carro balbuceó sus últimos eructos de alternador y todo se oscureció. Pese haber sido el tramo de carretera mas costoso en toda latinoamérica, la autopista estaba de moda y nuestro recorrido era el menos transitado. Solo era usado por camiones de carga y trailers. Orillamos el carro como pudimos y exploramos el área en que estábamos: acabamos de pasar un puente sin haberlo visto!, Marco Pablo pudo haberse orillado con la inercia unos metros atrás habiéndonos descarrilado por un despeñadero sin que ahorita estuvieras leyendo estas líneas. Minutos mas tarde un trailer se apiado y orilló, encadenamos el carro para irlo jalando y, a unos minutos de estar avanzando, se soltó una manguera de cierto gas que estaba entre la cabina y la caja. El chofer me pidió que hiciera acrobacias yendo en ese espacio para contener la fuga con una mano y sostenerme con la otra hasta llegar a un restaurante cercano a medio camino: ¡por poco y no aguanto!, el frío a la intemperie, la fatiga de colgarme con un brazo, la inmediatez del mofle con ruido y humo, ademas de estar siendo aplastado con la caja contra la cabina en cada curva fueron sencillamente insoportables. A duras penas llegamos al restaurante “El Oasis” y desencadenamos el carro, el chofer rastreo con radio de frecuencia abierta al trailer mas cercano para que nos diera un raite y este no tardó en arribar. El nuevo transportista no iba propiamente a Monterrey pero tuvo la disposición de llevarnos hasta un pueblito paralelo a esa carretera y de ahí podríamos tomar un camión a casa: así fue, nos dejó en un pueblo fantasmal cuya central camionera era un paupérrimo local de cuarta y que tardó su buen rato el llegar un transporte de paso cuyos desvelados pasajeros traían hasta gallinas en las canaletas de equipaje.
No hubo ruido, molestia ni condición desfavorable para mi agotamiento. Tan pronto me acomodé en el asiento, caí rendido sin noción del tiempo para minutos mas tarde ser abruptamente despertado por mi hermana, que en medio de una histeria colectiva, me decía: “ay que salirnos porque el camión se esta quemando”. El motor estaba en llamas y todo el humo se había filtrado hacia dentro: una nube negra cubría maletas y gallinas y el gentío despertaba al modo que van tronando las palomitas en el microondas.
Tuvimos que esperar a que pasara otro camión que finalmente nos llevaría a Monterrey. Llegamos hasta las 6:00 am y Marco Pablo se regreso por el carro tirado en la carretera.
Hace un par de días platicaba con Aléteya este incidente y ella me recordó otros por el estilo con otros vestidos: el de la graduación de preparatoria estuvo a punto de quedar hecho cenizas al estar colgado de un cortinero que ardió con un chispazo de corriente del aire acondicionado. El de su boda paso a mejor vida de tanto bailar sobre él. Es más, tiene un vestido sin estrenar que lo iba a usar en la boda de Liétay pero ese día Diego decidió nacer (el de la mano mordida por el REX) y Aléteya en vez de ir a la fiesta se fue a parir y su atuendo de embarazada aun espera colgado.
En esas estábamos entre carcajada y carcajada por tanta historia de sus vestido cuando le dije: “Ay hermana, lo que pasa es que tu tienes “esa onda” con los vestidos”... solo espero que dentro de 117 días que es mi boda, no pase nada con tu vestido ni con el de nadie.
Nos vemos el próximo martes en el Sobremesa Café... ya empezamos este año: Muchas gracias a las presentes del Martes pasado... Excelente intercambio.
Con Dios y contigo: Gnozin

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