“El alma descansa cuando echa sus lágrimas; y el dolor se satisface con su llanto.”
Ovidio
¡Lo voy a hacer!, pensé; y ese día lo hice. Se trataba de un experimento con el que quería validar una de mis cavilaciones. A fuerza de estar en contacto con tantos grupos en tantas partes había llegado a sospechar que la mayoría de los seres humanos estamos a una pregunta de llorar, entonces le pedí al grupo de estudiantes que tenia enfrente que nos sentáramos en el piso haciendo un círculo; y al estar encontrando mi mejor acomodo sobre el suelo y sin tener una clara idea de como lo haría, me atravesó un recuerdo como un rayo en medio de una tormenta eléctrica.Ovidio
Vivía en Guadalajara estudiando psicología y tenía por rutina visitar la librería Gandhi todos los miércoles y sábados. Como cualquier otro lugar, la librería Gandhi tiene sus parroquianos con su propios hábitos y así como yo, había otros extraños con quienes coincidía todos los miércoles. Entre ellos se encontraba un viejito a quien había aprendido a leerle sus estados de ánimo por la marca de su ceño y el tono con el que le hablaba a su joven secretario que le alcanzaba de los estantes los libros en lo alto y los apilaba en un diablito que tenía un soporte vertical en ángulo de 90 grados para embonar los libros hacia arriba. Si andaba “de buenas” me atrevía a saludarlo y en un par de ocasiones agotamos nuestras tardes platicando de libros, películas y música. El viejito sabía carcajear con la misma intensidad desparpajada que con la que contraía su rostro cuando andaba “de malas”. Me miraba de lado, con un ojo gacho y la sonrisa torcida porque la mitad de la boca obedecía mas a “la gravedad” que a su voluntad. Cuando reía hasta las lágrimas con alguna de mis ocurrencias, se me colgaba del hombro y soltaba el bastón que su secretario se apresuraba rescatar. Intuía que era un viejón muy respetado tanto por el temor y las reverencias con las que lo atendían, como porque nunca lo vi pagar un libro. No sabía su nombre y él tampoco el mío. Jamás le pregunte por su oficio, de hecho, nunca le hice preguntas personales porque su presencia me imponía cierto respeto que adivinaba podía tomarlo como un desacato no reconocerlo, en cambio él, si me hizo muchas preguntas y alguna vez se atrevió a darme consejos y sugerencias.
Ese día, desde que lo vi entrar, supe que no habría ni saludo lejano con la mirada y me sumí en lo mío. Pasaron algunos 45 minutos sin señales de reconocimiento pese habernos estorbado entre los estantes y pasillos, entonces una señora con escandalosos, artificiales y dulzones tonos de adulación saludó al viejón con gritos de fingido asombro por haberlo visto: “- Seeeeññorrr Juan Joooosé Arrrrrreoooola... Cómo eeessta usssted?... - Juan José Arreola pensé, de manera que todo este tiempo he platicado con Juan José Arreola sin saberlo; y tuve que hacer mi sorpresa a un lado por la expectativa de lo que él le contestaría. Ya lo había visto yo maltratar empleados en sus días de lunas pero jamás había visto que alguien se atreviese abordarlo con tanto exhibicionismo. - Si me aguanta usted unos cuarenta minutos, le puedo decir cómo estoy (entre mordidas contestó). - Que bromista es usted señor Arreola. - No estoy bromeado señora, la pregunta que usted me esta haciendo es una pregunta muy seria, y sospecho que no le interesa, sin embargo, si me aguanta unos cuarenta minutos yo le puedo decir con precisión COMO ESTOY (volvió a rugir). - Ay pues... que tenga un bonito día señor Arreola.
Mientras la señora desaparecía en el horizonte de los libros me quedé pensando en las pantallas que socialmente empleamos para no dejarnos afectar. Esta idea brincó 12 años hasta el aula con mis alumnos en círculo y pregunté hacia mi derecha mirando fijamente a los ojos a la alumna: ¿cómo estas?. Bien me dijo. No, no... te lo estoy preguntando en serio: ¿cómo estas?, sin máscaras... de verdad, ¿cómo estas?. Pues bien Gnozin. y sin inmutarme volví a preguntar: ¿Cómo estas?. La muchachita explotó: estaba angustiada, temerosa, desvelada, con presiones económicas, había tenido pésimo sexo la noche anterior al grado de pleito con su novio, tenía franco retraso en su periodo y a sus 18 años, vivía sola porque se había salido del rancho que la vio nacer, en pos del estudio y del progreso. Uno a uno fui avanzando entre los estudiantes y todo el grupo lloró a coro por contagio: acaban de machucar a mi perrita, dijo una; mis papas se están divorciando, dijo otra; mi mejor amiga ya no me habla, reprobé tres materias, me corrieron del trabajo, etc. etc. etc. Cada uno con suficiente dolor que nos ahogó en un llanto resolutorio y despejó nuestros corazones.
He repetido este ejercicio tantas veces con resultados tan similares, que me atrevo a asegurar que todos necesitamos cierta cuota de llanto regular para poder liberar toxinas emocionales. Creo que solo podemos sobrevivir a base del intercambio tanto en el nivel físico, mental y emocional. Si no hay intercambio a nivel físico perecemos, a nivel mental enloquecemos y a nivel emocional nos intoxicamos en nuestros propios humores.
Por ahí hay un libro de Robert Fisher que se llama “El caballero de la armadura oxidada” en Editorial Obelisco. En ese cuento el autor explica este punto con una elegancia y clase inmejorables, pone en evidencia la coraza emocional con la que crustáceamente nos protegemos del dolor y de como esta misma “armadura” nos limita para establecer contacto con otros seres humanos. Creo que es mejor no privarte de su riqueza y así, si llegar a leerlo, saques tus propias conclusiones.
Quedo a la espera de tus comentarios y te dejo con una última pregunta: ¿Cómo estas?.
Con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com

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